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Desde hace cuatro días asisto como espectadora y participo con mi opinión en un debate planteado a partir de un post que mi amigo Gonzalo escribió en su blog. El post habla sobre un cuento, el de “La mierlita”, que por confiada perdió a sus hijos. Y veo como siempre que se habla de ciertos temas, que surgen voces sobre la necesidad que tienen los padres y educadores de dulcificar y edulcorar los finales de los cuentos que les parecen demasiado duros o difíciles.
El lobo que al final se vuelve bueno, el cazador que saca a los cabritillos de la panza del lobo, los cerditos que se salvan uno por uno porque tienen una segunda oportunidad, la sirenita que ahora resulta que no muere convertida en espuma del mar. Me recuerdo de niña con un libro de Andersen ilustrado por María Pascual, leyendo y releyendo la vendedora de fósforos, y contemplando con lágrimas en los ojos la última ilustración en la que el cuerpo inerte de la cerillera caído sobre la nieve estaba junto a la ventana de una casa donde se podía ver a través de los cristales una familia feliz celebrando la navidad en una mesa con todo tipo de manjares. Era tristeza lo que yo sentía, pero me gustaba sentir cosas, aunque fueran tistes. Del mismo modo que me reía a mandíbula batiente con los cuentos de humor, con los tebeos de rompetechos y mortadelo.
La ficción nos ayuda a sentir, a comprender otras cosas, y la función de la literatura en los primeros años es la de plantear situaciones que podrían ser reales, que de hecho son muy reales, porque pocas veces la vida nos ofrece segundas oportunidades. La literatura oral y los cuentos nacen de una necesidad social de contar historias para mostrar la vida, el amor, la tristeza, la alegría, la importancia de la familia, el poder del ingenio y el valor de las cualidades frente a la maldad y las oscuras intenciones de los malvados, que desgraciadamente existen, y podemos toparnos con ellos en cualquier momento. Si el primer contacto con esas situaciones se realiza en el territorio de la ficción, el daño es menor, diríase que casi inexistente, con nuestra ayuda y nuestras palabras podemos contestar a las dudas y preguntas que los niños tengan sobre las historias que pertenecen al imaginario colectivo, pero que son tan necesarias en el mundo real de los niños.
El miedo es necesario en los cuentos, porque también existe en el mundo real, y protegiéndolos de las cosas que pensamos que pueden darles miedo en un cuento, no estamos protegiéndoles de los miedos que puedan surgirles en su vida real.
¿Estás de acuerdo con lo que se dice en este post? ¿Eres de los que edulcoras los cuentos o algunos finales? Como adulto lector: ¿Crees que una lectura determinada puede marcar algún aspecto de la vida de las personas?